Música para cafeterías.

Contra todo estigma anti-yanqui que la afirmación de las siguientes líneas pueda significar, lo acepto: me gusta ir al Starbucks Café y acabo de entender el porque. Globalifóbicos: crucifíquenme y púrguenme con aceite Monsanto, para exorcizar al Tío Sam de mi aparato digestivo.

Yo soy de los suyos, sin embargo: Navego con bandera de Left-Wing Chic y cumplo con obediencia a los llamados de la revista Adbusters a no comprar nada durante el “Buy Nothing Day” y a apagar la tele durante el “TV Turn-Off Week”, que por cierto será la semana del 24 al 30 de Abril: Por cierto, ¡Qué desatino! Si en verdad los Adbusters quisieran que probáramos nuestra devoción altermundista, podrían haber programado esta semana durante el mundial o las elecciones: eso sí sería un ayuno mediático de temple brahamánico.

En sí, considero que existen otros monstruos corporativos que sabotear y contra los cuales habría que arremeter antes que Starbucks, mucho más dañinos y sigilosos en su accionar: No me adentraré en desenmascarar a estos actores de la depredación global: esto es una columna de música, les sugiero The Corporation (Jennifer Abbott y Mark Achbar, 2003), un documental lleno de referencias y ligas útiles para el joven activista de sillón.

Lo que ocurre es que Starbucks es muy flashy y resulta un blanco fácil: No asisto allí por el café (sí, el de Córdoba es más rico) y casi siempre pido un Thé Chai; tampoco estoy enamorado de mi barista – así le llaman a las animosas veinteañeras de delantal verde que con júbilo y farsa, claman tu nombre para ofrecerte un Alto-Caramel Macchiato.- Descubro que lo que sí me ha logrado vender Starbucks es una atmósfera:

El jazzecito deslactosado bombeado a sutiles decibeles a través del sistema Muzak, es sólo una parte en el diseño de ambiente de estas franquicias confortables, que repiten su patrón aún si estás en Vancouver o en la Cuauhtémoc. Son también los sillones de cuero semi-usados, el periódico desparpajado y a la mano, la decoración terracota, la cálida iluminación y los cuadros faux-naïf al estilo Putumayo. Es la bruma aromática de café-mutante que te envuelve al traspasar las puertas de cristal, la gente bonita que pierde el tiempo, conversa, se sumerge en sus laptops y espera en este no-lugar apartado de lo mundano: Descubro que es muy similar a la sala de abordaje de un aeropuerto.

Starbucks no vende café, vende una atmósfera aspiracional, que a mí personalmente me remite a esas horas de amanecer recién abordado un vuelo, con el olor a café en la fila 32D, las “Cuatro Estaciones” de Vivaldi en el Muzak y las aeromozas, que cumplen el mismo rol de servicio semierótico de las baristas. Ir a Starbucks representa el espíritu de lo transitorio, las ganas de volar, de salir de viaje hacia un lugar nuevo con la promesa de la aventura y el hedonismo. Por 34 pesos, un sorbito del cielo.

Al concebir Music for Airports en 1978, Brian Eno pensó en la Músique d´ameublement de Satie: hecha con el fin de acompañar el sonido de los cubiertos, nutrir la plática entre amigos y tapar los silencios incómodos: un servicio al público. Eno concibió la música Ambient como un tinte, un aroma. Una presencia que se acomode a varios niveles de escucha sin llamar a ninguno en particular, tan ignorable como interesante. Que genere espacios para pensar, que emancipe la arquitectura, se integre a ella y provoque estados de ánimo. Que sea espiritual y que cause abstracción, sin ser demasiado intensa.

En 1993, con el álbum Neroli, Brian Eno pensó en la música olfativa: si a través de los sentidos se nos puede llegar a antojar o imaginar un sabor, ¿Porqué no tratar de oler con los oídos?

El ensamble neoyorquino Bang on a Can monta hoy sábado 8 de Abril, Music for Airports de Brian Eno, en el Palacio de Bellas Artes, dentro del Festival Radar.

 

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