Sigur Rós, la Colmena y el arcoiris.

El pasto del Other Stage estaba ya magullado hacia el último día del festival. Sin embargo, la tierra aún tenía vida y resonaba ante las emanaciones de música. Había llegado el momento de la clausura, con Sigur Rós sobre el escenario: la atmósfera aplastante del domingo por la tarde sólo atizaba la sensación de nostalgia.

Sobrestimulado y aturdido por tres días de conciertos, me mantenía de pie en el festival de Glastonbury 2003, con los bolsillos de mi chamarra, atiborrados de provisiones recogidas durante el evento, a partir de comida abandonada por otros (me había quedado sin dinero) y las pupilas dilatadas por un space-cake ofrecido por un nómada-moderno dentro de su típi, mientras me leía mi signo Maya (yo era “Espejo-Resonante”, según recuerdo), en un atisbo de mi propio 2012 – ‘El Fin de los Tiempos’, según este calendario -, había deambulado solitario por lo más recóndito del festival, atraído por un vórtice invisible. Era un vagabundo psicodélico.

Y ahí estaba yo, impávido y boquiabierto, con las panorámicas lomas inglesas bañadas por una leve llovizna, y la brisa musical exportada desde Islandia por Sigur Rós. A merced de la música, la audiencia congregada se mecía como un pastizal: los momentos serenos arrullaban los tallos, convirtiendo a los humanos en seres de consistencia vegetal; las cúspides de sonido agitaban el cabello, mientras que los valles y abismos en cada canción regresaban la atención a los pies, a las raíces: sentí cómo el público compartía emociones a través de una intrincada red nerviosa, subterránea. Músicos y audiencia, éramos una sola entidad en comunión con el aire – a través de la música – y la tierra: Glastonbury es suelo sagrado. Una puerta al mundo del Rey Arturo, y el mítico reino de Avalon.

Hoy sábado, el fenómeno concluyente promete repetirse en tierra mexicana: Sigur Rós se presenta por primera vez en nuestro país, y los noveles organizadores – la productora Dos Abejas – han tenido la sensibilidad suficiente para procurar una experiencia igual de mágica. Los islandeses se presentan en un lugar apartado de Tepoztlán, durante el festival ‘La Colmena’, en lo que promete (crucemos los dedos), ser un evento apegado a una ética de lo sustentable, lo comunitario, lo ecológico, y porqué no, lo sagrado. No es gratuito que el patrón del poblado vecino de Amatlán, sea Quetzalcoatl: paralelo mitológico local de las leyendas arturianas.

Una vivencia sublime suele desbaratarse cuando se lleva a la esfera de lo mundano: la burbuja de la ilusión es efímera y sin embargo, durante el breve vuelo de su existencia, el tornasol sobre la superficie es real y se graba en la retina. Lo mismo con un arcoiris: una sorprendida multitud señala al cielo, hacia un fenómeno causado por la confluencia del agua y la luz. Un presagio de suerte y bonanza inaprensible: Nada más fútil que buscar la olla de oro al final del arcoiris. Sin embargo, deseo que las condiciones de La Colmena, sean las suficientes, para que la imaginación se destape ante la música de Sigur Rós, y – por medio del viaje o la revelación – nos compartan el sutil ensueño de su música.

El Festival La Colmena ocurrirá hoy sábado 7 de Junio en las inmediaciones de Tepoztlán, Morelos, con Sigur Rós como banda principal. Más información: http://www.2abejas.com/

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