Lhasa: De cara a La Pared.

“…Llegarás mañana para el fin del mundo, o el año nuevo, mi esqueleto baila, se atavía de nuevo de su traje de carne, de su peinado de fuego…” (“Para el fin del mundo o el año nuevo”)

Lhasa de Sela es una gitana itinerante. Toda su vida ha estado en el camino: Llegar a una villa, montar el tinglado y atraer a los curiosos al freak-show para finalmente, llegada la noche, salir a escena para embelesar a su audiencia cual sirena, medusa, o llorona. Un acto tan bello como aterrador. Los convocados – hechos piedra – difícilmente podrán explicar lo que presenciaron en aquella función y preferirán olvidarlo y temerlo como la predicción de un oráculo. Para entonces, Lhasa y su trouppé estarán pisando otro poblado, en esta ocasión, por primera vez, un foro de la ciudad de México: el Lunario.

“…A veces da salud y a veces mata…” (“La Celestina”)

En la novela Albina y los Hombres-Perro, Alejandro Jodorowsky narra la historia de una amnésica mujer blanca, cándida de día y lunar y sexual de noche, cuya sensualidad – mostrada mórbidamente en el cabaret de un pueblo al norte de Chile – transforma a los hombres en una jauría desenfrenada. Esta mujer huye hacia el desierto, en donde busca una flor rara y efímera que la curará de la maldición que la ha acosado toda una vida.

“…He venido al desierto para reírme de tu amor…” (“El Desierto”)

La vida es una aventura, que tiene el perfume de la magia y el misterio: Lhasa es una forastera en el propio set de una existencia plenamente cinematográfica ¿o circense, deberíamos decir? Hija de un escritor mexicano y madre americana, nació en Big Indian, en las montañas de Catskill en el estado de Nueva York, pero vivió su infancia en los áridos caminos del norte mexicano, sin televisión ni influencias de consumo urbano, afortunadamente educada sin asistir propiamente a la escuela. ¿La razón de este éxodo familiar? No es claro, pero fueron años suficientes para desarrollar una personalidad camaleónica, adaptativa y con un lugar seguro e inamovible: (ante tanta mutación del paisaje) su propio mundo interior, nutrido de las imágenes y canciones del México más profundo e inaprensible: ese México que es como una calavera de Posadas, que se carcajea de todo extranjero que quiera poner su entendimiento en ella.

“…Siento que tengo una nostalgia muy profunda de conocer y de amar sin haber escogido algo, porque no soy yo quien decidió vivir en México, y vivir todo eso, pues estaba muy pequeña y lo viví así sin saber qué era, y después me puse a pensar de todo eso, el qué quería decir ser mexicana o americana, pero cuando estaba pequeña no pensaba en todo eso solamente recibía toda esta influencia…”

El acento norteño de Lhasa es una sopresa: en su canto ¿o llanto? cada palabra en castellano es un conjuro que se ha preservado milagrosamente en una mente que piensa en franglais, después de vivir en San Francisco, Montreal o Marsella.

Su último trabajo The Living Road (Nettwerk, 2004) una oda a la vida errante, se hizo del premio BBC World 2004 a mejor artista del continente americano; pero es su debut La Llorona (Atlantic, 1998) el que ha pasmado a la crítica de boca en boca como un rumor fantasmal. Se trata de una colección de once temas interpretados desgarradoramente por Lhasa, acompañada por un pequeño ensamble conducido por su compañero Yves Desrosiers, en el que se logra una atmósfera bohemia de realismo mágico que se ofrenda y debe igualmente a Chavela Vargas, que a las espontáneas de la canción vernácula mexicana, que a todas las mujeres que provienen de la genealogía del seminal Lilith Tour en la década de los noventa.

Lhasa está de paso por la ciudad. Bienaventurados aquellos que salgan a su encuentro.

“…Llorando. Y no hay más. Muero quizás. ¿A dónde estás? Soñando. De cara a la pared. Se quema la ciudad…” (“De cara a la pared”)

Lhasa se presenta este 4 de Marzo en el Lunario del Auditorio Nacional, en México D.F.

Uriel Waizel ruminch@gmail.com es Jefe de Contenidos Musicales en Ibero 90.9 Radio

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