La Cumbia del Esperanto

“Ni Juana la cubana, tampoco la peruana y ni la colombiana… saben bailar la cumbia como la mexicana”, advertía Rigo Domínguez junto a su Grupo Audaz. Eran mediados de los 80, y por primera vez un servidor aguzaba el oído para comprender el discurso bolivariano de un género tildado como algo puramente naco. Poco sabía que aquella letra digna del cine de ficheras, encerraba la naturaleza de la Cumbia como lingua franca para hispanoamérica.

Una lingua franca es un punto de encuentro entre dos o más lenguas, apta para el entendimiento entre hablantes de distintos orígenes. Al igual que otras músicas (Blues, Son cubano), la Cumbia encuentra su génesis a partir del tráfico de esclavos de África: es la gente de Guinea quien llega a las Américas “infectada” de un ritmo llamado Cumbé. Es en la costa caribeña de Colombia donde esta idea musical anida y se mestiza con la esencia andina y amazónica, para formar un meme que siglos más tarde, se propagaría hacia todo el continente.

¿Un meme? Es un neologismo acuñado a partir de la síntesis de tres palabras: “memoria”, “mímesis” y “gen”: al igual que la genética, la información cultural también se transmite de un individuo a otro, de una mente a otra (o de una generación a la siguiente). Un meme es una molécula ideológica: ¿alguna vez se han preguntado cómo es que una canción, letra o baile se “pegan”, se convierten en moda y luego tradición?

El meme “pegajoso” muy probablemente reside en la afortunada y espontánea combinación cosquilleante del güiro y las guacharacas, los alientos y gaitas con giribilla, los teclados trémulos, la “chunchaca” del bajo, la picardía en las letras (“Capullo y Sorullo” de la Sonora Dinamita o “Quien Pompó” de Chico Ché) aunadas a las animosas expresiones de “¡wepa!” o “¡tambor-tambor-tambor!”, como en “Tiene espinas el rosal”, de Cañaveral.

Fraguada en los estratos sociales más bajos para entusiasmar, galantear, querellar y divertir, la Cumbia comparte el mismo proceso que transformó al Rhythm’n Blues en el Rock’n Roll, a mitad de los años 50: el R&B, género que nació de los afroamericanos para los afroamericanos, fue retomado (y pasteurizado) por músicos anglosajones, para encontrar una fórmula de mayor popularidad y aceptación pública.

Como un bicho que se adapta y reconfigura a cada condición del entorno, la Cumbia colombiana se ha esparcido hacia todo el continente: De Buenos Aires hasta Chicago con vástagos que encuentran resonancia en distintas clases sociales. Resulta fascinante que bajo la taxonomía de la misma especie, coexistan la postmoderna “Technocumbia” de Selena; la audaz “Cumbiera Intelectual” de Kevin Johansen; la atrevida “Cumbia de los Aburridos” de los boricuas Calle 13; la Cumbia Villera de Argentina –que glorifica la vida en las ‘Villas Miseria’- y de un terreno similar, las Cumbias Sonideras de la ciudad de Puebla. ¿Qué hay de la “Kumbia Dark”, de las Kumbia Queers, que juega con la idea de mezclar lo gótico, lo gay y la Cumbia?

La “Anarcumbia” de Amandititita, la cual incorpora el acertado comentario social de Chava Flores, la ‘raspa’ heredada por su padre, Rockdrigo, y el humor cáustico del escritor Guillermo Fadanelli. Aceptada ahora por fresas, hipsters y popperos, todos los síntomas apuntan a que la pandemia cumbiambera está desatada. Como decía Laurie Anderson, “Language is a Virus”.

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