Googlismo> Vaquero + Melero + Primavera = Cero

Voy por eso de “Hacelo por vos mismo, sé tu propio modelo.” Melero.

El cuarto Soda, el Brian Eno sudaca. Un no-músico, un mutante, travesti, vaquero, un vampiro de ideas borgeano que vive del mito de su personaje, de su discurso oblicuo y esquivo, igualmente arrogante y pretencioso, humilde y zen.

En los tempranos 80, le aventaron naranjas al escenario, hoy, bandas hartas de su pose enigmática, se mofan poniéndose nombres paródicos como ¿y, de qué vive Melero? Que hablen mal, pero que hablen. Es una de las estrategias narcisistas que lo tiene vigente. Es un anarquista de sillón ¿o de estudio? que, al estilo de Marcel Duchamp, le llama contradecirse, ser inadecuado, hacer cross-dressing (al menos musical) y se junta con las élites de vanguardia en cafecitos: Se dice que en aquellos inicios del rock en argentina, se podía encontrar en la misma esquina a Andrés Calamaro, el Indio Solari, Luca Prodan, Patricio Rey, Gustavo Cerati y Daniel Melero, que, en plena etapa de rock puro y duro, osaba subir al escenario con dos grabadores Revox, un sintetizador y un compañero que tocaba guitarra “infinita”. Se sentían Fripp & Eno, disfrazados como Devo. Genios incomprendidos (y apedreados)

En el hemisferio norte nos llegan ecos de su obra, de su labor como hombre invisible dentro del estudio, el cual guió a Soda Stereo en la permutación del The Police andino al U2 austral. Mientras en Berlín trabajaban en el Achtung Baby, en “Baires” confabulaban el Dynamo con el olfato orientado al sonido 4AD y la pared ruidosa de My Bloody Valentine. Enamorados del ruido blanco, amarillo y de los conceptos meta-musicales Cerati y Melero, aprovecharon la inercia para dar a luz Colores Santos, un álbum ambiental que se adelantó una década al “chill-out”. Y hasta allí obtendríamos si se encuestara acerca de la trayectoria de Melero a un fan del “Rock en tu idioma” a la salida de, digamos, un concierto de Babasónicos en el Salón XXI. El más lúcido atinará a señalar que “Trátame Suavemente” no es original de Soda, sino del primer grupo de Melero, Los Encargados.

Más, si se indaga con lupa en los créditos de un disco argentino – cualquier CD, al azar, – existe un 80% de que el hombre esté metido allí. Tocó los teclados con los Redonditos de Ricota en el esencial Oktubre del ´86, produjo y masterizó a los “Babas”, Victoria Mil, Leo García, Juana Molina y Los Látigos, por nombrar sólo algunos apadrinados que comparten los conceptos de Melero por desaprender y resignificar, que no se ciñen a la ortodoxia y a menudo contienen un giro, una torcedura aleatoria donde no hay certezas estilísticas y donde el riesgo asumido hace más disfrutable el resultado.

En sí, la discografía personal de Melero, suma más de diez trabajos que muestran una fobia a repetir el camino de la complacencia: cada disco reacciona al anterior y brinca hacia otra idea: Es así que Travesti (’94) contiene haikús románticos y Rocío (´96) explora las cajitas de música hawaianas. Piano (´99) es una versión desnuda y lunar de sus piezas más exitosas con sólo piano y voz; en la misma vena minimal, Tecno (´00) es un disco que clama el record por haber sido hecho con una sola tecla: la del mouse en un surfeo frenético de reapropiación por la red. Y cuando se le proclamaba rey de la electrónica, abdica con Vaquero (´01) una road-movie inmóvil a través de las calamidades de la vida diaria. El recorrido es a través de una brecha musical propia, la de un “no-músico” autoproclamado, aburrido por el rock acomodado y más ocupado en asuntos que considera de mayor agitación (más escandalosos y por ende, genuinamente rockeros) como la convivencia darwiniana y virtual en internet, la genética y las teorías del caos.

Faltaría más espacio de ensayo para profundizar sobre Melero en una sola columna. Sirve quizás apuntalar que él es un nodo fundamental e influencial en la música hispanoamericana y que aunque él no haga rock, sigue entendiendo que más allá de las formas, debe de haber un contenido y un manifiesto que provoque, que revolucione. Escribe el crítico Matías Peluffo, en una compilación de www.rock.com.ar “Si Gustavo Cerati es el Maradona del pop argentino, Daniel Melero es el Che.”


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