Así era Zaratustra.

“Piensa en todos tus sueños. Después de todo, uno acaba muriendo como cualquier otro. Sin poder volver a probar la nieve de limón.”

Zaratustra Vázquez.

Dejamos la estación en piloto automático para disfrutar de los últimos días de diciembre, a sabiendas de que ese descanso sólo podría ser interrumpido por un desastre natural, o por la muerte de otro equivalente a Lou Reed que pudiera parar las rotativas para recordar al recién partido. La mañana del 30 de diciembre, amanecimos con la trágica noticia que informaba acerca de la muerte de Zaratustra Vázquez: poeta, ex colaborador de Ibero 90.9 y músico en Sonido Changorama. Nunca imaginé que la irrupción para regresar al teclado en vacaciones vendría de tan cerca; de alguien tan querido.

Recuerdo una temporada en que yo le daba ride a Zaratustra para bajar juntos desde la Ibero en Santa Fe hacia la Colonia Roma. Para distraernos del apabullante tráfico vespertino en un trayecto de hora y cuarto, escuchábamos juntos El Fonógrafo 1150AM. Zaratustra tarareaba la música de los tríos, arremedaba el estilo de vieja escuela de los añejos locutores y se inventaba versiones alternas para los patéticos comerciales de gobierno.

Su ingenio cáustico no tenía fin: gracias a su pinta de dandy del temprano Siglo XX –siempre con sombrero, chaleco y bigote finamente recortado–, era fácil imaginar que la persona sentada en el asiento del copiloto, era una versión actual de Marcel Duchamp o Samuel Beckett. Lo de Zaratustra siempre fue la caricaturización anti-sistémica, a partir del collage, la deconstrucción y el absurdo. Para muestra, nos queda el acervo de su programa ‘Triscerable’, transmitido en los primeros años de Ibero 90.9, realizado siempre junto a su cómplice, David Somellera, con quien también formó Sonido Changorama: en su álbum Los Padres de la Patria (Intolerancia, 2012) resuena la quintaesencia en la búsqueda artística de Zaratustra y David, al rescatar audios tomadas del cotidiano detritus mediático (discursos políticos, radio evangelista, narraciones deportivas) para –a la manera de los plunderphonics de John Oswald o del mingitorio de Duchamp– convertirlos en piezas de exhibición cargados de una crítica social, a través de su descontextualización en la que afloraba el sinsentido.

Los halagos póstumos son injustos: revalorar la obra, releer los poemas, escuchar sus canciones y programas de radio. Los reconocimientos deberían ser en vida. Pero ahora, esto es lo único que queda. Recordar cada quien desde su trinchera… No te olvidaremos, Zaratustra. Cuenta con que al sintonizar El Fonógrafo, arremedaré a un vetusto locutor de tu parte, “viejito”.

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